Bla bla, bla bla

Lo siento
pero sigo sin entender
los teléfonos,
y no es mi muy cierta
dentera al contacto,
a pesar de los cables,
sigue siendo macabro
hablar en dos lugares
desde el mismo sitio.

Es algo como un momento
adulterado con algún
potingue químico
que no consigue
que hable,
pero sí que repita
lo que estoy diciendo.

Pero hay otro algo
que me gusta de él,
aunque interrumpa
una charla distendida,
y es su distracción concentrada
en cualquiera de las otras cosas.

Son esos paseos
hasta las esquinas,
esa ligera recomposición
de los bolígrafos,
esa silenciosa degustación
de la densidad del polvo
en los dedos,
esos garabatos
y círculos subrayados,
esa espera lateral
a que cuelgues tú.

– Enrique Urbano​.

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Fobia

Hoy es un buen día para advertir que el nombre de mi tercer libro chiquito va a ser “Fobia”.

Y como muestra un botón, de los treinta y uno que tendrá. Más otra muestra y otro botón.


Todo es una porción
aleatoria de algo
demasiado poco
para comer
y en un exceso
para cenar.
Por eso el cerebro
nos regala el olvido,
y un miedo seco
a olvidarnos de todo.
Pero ante ese espanto
responde el humano astral
con toda la sapiencia encarajotada
que a través de vectores
que son arrugas
hemos ido buenamente aprendiendo.
Hay que divinamente quedarse
con algo de ese todo
que te deja con hambre,
hay que preguntarse
poco de nada
para saber
mucho de todo.
Nadie le discute
al líquido bebido
que se va
del otro lado,
nadie habla
de los cigarros en infusión
de las latas,
nadie dice nada
del milagro de la resurrección
de las horas muertas.
Y aunque suene terrible
tener que recordarlo,
mucho más terrible
es tener que olvidarlo.
– Enrique Urbano.

Menudeo

No soy sino casi tan valiente
como alguna pompa de aire
en el embarrado pliegue
de un cerebro
que a ratos recuerdo
tener cuando se mueve.

Lo malo son los cataclismos
internos que respiran
en un guiño instantáneo,
o los golpes en el codo,
o cuando comes con las manos
y algún científico te recuerda
la novela microbiana
que tienes en los dedos.

Todo pasa por detrás de las cejas,
las ideas, los ratos,
todo menos la formación militar
de las farolas en la calle,
a menos que te gires
y te des con la frente.

No habrá obra faraónica
en mitad del camino
más grande y atornillada a la tierra
que sea más esquivada por el turismo.

Las farolas tienen esa propaganda
en forma de falda de teléfonos,
esos polvos amarillos
para que los perros no meen,
y esas puertas chiquitas
que parecen estómagos.

Ese bastón enorme
de los viejos y los borrachos,
es el ángulo muerto
de todas las cámaras,
una oda al trapicheo,
el lugar para apoyarte
a esperar a nadie
y que nadie te vea.

– Enrique Urbano.

Fobia

No hay contacto humano
más tribal que mirarse
alejadamente a escondidas
entre las columnas
o los coches,
pero a la vez,
no hay picor
con más plumas
que las de sentir andando
a la gente mirando.

Y aunque las primeras sospechas
se basen en un escándalo de peinado
y posteriormente en las cejas,
ese calorcito estomacal
es la pura sensación de estar vivo
en mitad de un montón de abrigos
gafas, pendientes y chicles desconocidos.

No es una mala opción
andar con la cabeza gacha,
no dejas de perderte vivir,
sino por qué las alcantarillas
también te sonríen,
las colillas
te delatan la prisa distinta
de los distintos fumadores,
y los céntimos abandonados
te guiñan millonarios.

Las bolsas que lograron
escaparse del mercado,
son medusas flotando
o arbustos volátiles
y redondeados del oeste,
la orquesta de los cláxones
es el código morse
del lenguaje de los faros,
y siempre, siempre,
hay un zapato desterrado
en el cubículo de un árbol.

Es la vergüenza o el aire,
la calle y el paso por la calle
de todos esos hombres
y todas esas mujeres,
que a saber por qué carajo van
a donde quiera que vayan,
y si es que no vienen,
o vuelven solos y cansados,
alegres o con miedo,
para no volver donde han ido
o donde todavía no han llegado.

– Enrique Urbano.

Primavera

Si se trataba de ser salvajemente erráticos
entonces somos los galardonados,
porque una cosa es ir andando,
y otra ir dando pasos siempre
con el pie equivocado,
y no vale siquiera pararse,
porque eso es un tropezón
directo a partirte el labio.

Suele decir mi padre
que las cosas de antes
sí que eran de verdad,
“las anchoas eran más grandes,
los huevos eran amarillos
y la radio era enorme.”
Y es incluso verdad
que lo que fumamos
ya no es ni tabaco,
que ya no hace ese frío,
y que la sopa
en la que haces barquitos
no sale igual en la vitro.
Pero hemos aprendido
a adaptarnos a la vida
como bacterias libres
poblando un volcán,
bichejos capaces
de ser tan perfectamente simples
como la forma retorcida de un clip,
y a la vez, de enamorarse complicados
en la contemplación rápida
del retrovisor en los semáforos.

Enrique Urbano.

Los trasnochadores

De la calle los televisores
delatan a los sonámbulos,
de los aviones
las olas están quietas,
y siempre hay un remedio
del que está siempre mirando.

El trasnochador,
calmado fumador
desde el balcón,
presume en bata
y zapatillas animadas,
de saber a qué hora
se encienden y apagan
las deprimidas farolas,
de la frecuencia
del camión de la basura,
de la coreografía
de los semáforos,
del tango
de los coches aparcando,
del cante hondo
de los borrachos.

Pero luego le preguntas
al muy carajote
por la Luna,
y no sabe,
que solamente
hay una.

– Enrique Urbano.

De cine

Cuenta el contar popular
que seguimos siendo tan parecidos,
que a voces hasta nos confunden
al adivinarnos desde lejos,
luego nos sorprende que de cerca,
todo sea nada que decirnos.

En un café
o como siempre
en un bar,
todos tenemos una santa
receta infalible contra el hipo,
no importa por qué;
todos hemos sido esa persona
paseando por jardines,
o que ha contado a detalles
esa legendaria borrachera
de la que heroicamente anticipa
no acordarse de nada.

Todos hemos oído hablar
de los pies planos,
del mito del abre fácil,
del cabronazo del hombre del saco,
del velcro en los codos
del verano en el hule.

Todos sabemos a qué saben
aquellos sábados o lunes,
que parecen domingo.

– Enrique Urbano.

El corazón de las hormigas

Si por un momento y a la vez,
el uno con el otro y los dos,
en algún mundo suburbano
nos viéramos coincidiendo
en este o en aquel espacio
de la más inmensa nada
del gran señor don nadie,
y bandoleando por la sierra
en total alegalidad
con la ley de las sillas,
tuviéramos al tiempo para discutir,
podríamos hablar de todo,
hasta del corazón de las hormigas.

Por eso yo nunca
terminaré escribiendo poesía,
odio la mermelada del vocabulario,
la sociedad que son las letras,
y no entiendo ni quiero entender
la rima a lágrima viva
del pobre alfabeto.

Y ni se acerquen las sílabas
a recordarme un punto
ni el hambre de una coma,
cómo voy a estar predicando poesía
si no sé qué carajo es un sintagma nominal.

Pero he aquí lo magnánimo
de nuestra suerte nunca normal,
los dos somos
tan poderosamente minúsculos
que tú puedes seguir siendo tú,
y yo no podría ser hierba de jardín.

Ni más afortunado ciudadano
en el mundo despistado
de tus dudas en las diéresis.

– Enrique Urbano.

La hora de las puertas

Te veo en la imponencia salvaje
que son los domingos sin plan
mientras pasas por delante
con ese ropaje cavernario de pijama laxo,
que en el descolgado sutil del tobillo,
aspira eléctrico cualquier mota, brizna
o ceniza estática y camaleónica
que disfrutase de la paz nerviosa
que infunden los gigantes
en el mundo de las baldosas.

Y es terrorismo poético ante tal estampa,
hablarles de los pomos de las puertas.

Pero no esos que parecen
planetas de plastilina,
sino aquellos otros
que son una ele mayúscula descansando,
y que con la edad, como los hombres,
van rindiéndose a la leve
falta de verticalidad que termina
es la distensión ligera y artrítica
de la sujeción que los mantiene con vida.

Esos pomos se atreven con lo de nadie,
en el intento de hacer de un santiamén
un brevísimo instante largo,
para que no pases tan rápido,
la puertas también quieren quitarte el jersey.

– Enrique Urbano. 

17 de febrero

Los niños son tan inteligentes
que siempre están equivocados,
a los globos con forma
de coche o de princesa,
se les va una tuerca
y salen persiguiendo a las nubes,
la arena es de peluche,
y los días no tienen tiempo.

Pero las criaturas gobiernan
la verdadera penitencia de los mayores,
la adquisición y pérdida,
siempre adolescente de la juventud,
tributa inquisitivamente
en el tipo de morir más viejo.
Y no hay más legislación,
juicio y valor que los estamentos
intuitivos del pie zi-za-zú,
las santas tablas esculpidas
al mejor de tres.
En realidad el puente frágil y verde que hay
desde aquí hasta ese otro mundo,
la razón y círculo de toda respuesta,
es ese poder oculto que tiene el papel
para poder comerse a la piedra.

– Enrique Urbano.

Sin nombre

Qué le diría a todo cuánto
parece soplar y gritar
desde el grávido gobierno
de las paredes.

Que a veces,
una almohada
que a aplausos breves
ha sido acolchada,
y tendido sobre la cama
en el ensayo triunfal
y en solitud
de la cómoda
apariencia recta
de un ataúd;
puede ser,
no otro,
sino ese telescopio
que vuelva a intentar
todas las galaxias
que orbitan
alrededor del Sol
que es la lámpara.

– Enrique Urbano.

Segundo poemario

Como algunos y algunas ya saben, en breve, saldrá mi segundo poemario, fruto de un proyecto sesudamente personal. Son 98 páginas en las que perderse a descubrir algo más. Un libro completamente diferente a su predecesor. O andas, o la vida te come. Qué menos que inventarte un idioma y dedicarte la ortografía. Adelanto la portada, y en ella ya pueden verse los cambios. He contado además de con ella, con la inalcanzable participación de John Oliver, a los mandos de los lápices, desde la cara hasta las tripas con una decena de ilustraciones. Y un montón de vino. Pronto anunciaremos la fecha de la presentación en Palma, y lo que venga, bienvenido será.

Como algunos y algunas ya saben, en breve, saldrá mi segundo poemario, fruto de un proyecto sesudamente personal. Son 98 páginas en las que perderse a descubrir algo más. Un libro completamente diferente a su predecesor. O andas, o la vida te come. Qué menos que inventarte un idioma y dedicarte la ortografía.
Adelanto la portada, y en ella ya pueden verse los cambios. He contado además de con ella, con la inalcanzable participación de John Oliver, a los mandos de los lápices, desde la cara hasta las tripas con una decena de ilustraciones. Y un montón de vino.
Pronto anunciaremos la fecha de la presentación en Palma, y lo que venga, bienvenido será.