Quitamiedos

La luz de una farola torcida
te enfoca
alejándote de ti
mientras se acerca
a ese tuyo destripado
de animal seco
que se ha hecho mancha
en el asfalto.
La bestia
con los ojos
sin párpados
encendidos,
es un hojaldre
que te ha postrado
andando sobre ti
hasta el gentío
callado del pueblo
recto de los arcenes.
Te ha aplastado
la ubre de la urbe,
te ha dado en la cara
toda la ciudadanía ancha
y los edificios largos
y de pie
que son trenes.
Te ha matado
la vida que has dado,
en una tierra
que no es tierra,
y en esa sola vez
en la que la muerte
es una de esas otras
muchas veces.

Enrique Urbano.

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XLVIII

Como el aroma de los cardos, el laborador de la arcilla, el químico nuevo de todos los milenios, o la desaparición neumónica de las abejas, así es la osamenta de mi otro para ti quizá poeta, pero ahora date cuenta, es la de un poema hablando de poesía.

El proceso de creación es una gominola de menta, de fresa ácida a lo sumo, pero no me acostumbro al caramelo gordo de cabalgata que chupan hasta afilar los novelistas.

Lo primero es tener algo que decir y no tener algo que contar, lo primero es pura magia, y lo segundo alquimia barata de Coelho.

Así como otros tantos colegas, que de ser por ellos encerraban el arte en la baldosa del hiperrealismo soez de repetir lo mismo de una forma tan inteligente, que al que no le haya hecho efecto el lexatin, se pregunte qué mierda habrá querido decir.

Si yo fuera poeta, y no un comparsista frustrado, sería como buen borrachín, uno de los románticos, así por lo menos me bebía el agua de los floreros.

Y por descontado sería de los rapsodas que van con bombín, sombrilla, camisetita de tirantes y un seudónimo enigmático… Esos sí que saben.

Los artistas son los asesinos del arte.

  • Enrique Urbano.