Fobia

No hay contacto humano
más tribal que mirarse
alejadamente a escondidas
entre las columnas
o los coches,
pero a la vez,
no hay picor
con más plumas
que las de sentir andando
a la gente mirando.

Y aunque las primeras sospechas
se basen en un escándalo de peinado
y posteriormente en las cejas,
ese calorcito estomacal
es la pura sensación de estar vivo
en mitad de un montón de abrigos
gafas, pendientes y chicles desconocidos.

No es una mala opción
andar con la cabeza gacha,
no dejas de perderte vivir,
sino por qué las alcantarillas
también te sonríen,
las colillas
te delatan la prisa distinta
de los distintos fumadores,
y los céntimos abandonados
te guiñan millonarios.

Las bolsas que lograron
escaparse del mercado,
son medusas flotando
o arbustos volátiles
y redondeados del oeste,
la orquesta de los cláxones
es el código morse
del lenguaje de los faros,
y siempre, siempre,
hay un zapato desterrado
en el cubículo de un árbol.

Es la vergüenza o el aire,
la calle y el paso por la calle
de todos esos hombres
y todas esas mujeres,
que a saber por qué carajo van
a donde quiera que vayan,
y si es que no vienen,
o vuelven solos y cansados,
alegres o con miedo,
para no volver donde han ido
o donde todavía no han llegado.

– Enrique Urbano.

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