Primavera

Si se trataba de ser salvajemente erráticos
entonces somos los galardonados,
porque una cosa es ir andando,
y otra ir dando pasos siempre
con el pie equivocado,
y no vale siquiera pararse,
porque eso es un tropezón
directo a partirte el labio.

Suele decir mi padre
que las cosas de antes
sí que eran de verdad,
“las anchoas eran más grandes,
los huevos eran amarillos
y la radio era enorme.”
Y es incluso verdad
que lo que fumamos
ya no es ni tabaco,
que ya no hace ese frío,
y que la sopa
en la que haces barquitos
no sale igual en la vitro.
Pero hemos aprendido
a adaptarnos a la vida
como bacterias libres
poblando un volcán,
bichejos capaces
de ser tan perfectamente simples
como la forma retorcida de un clip,
y a la vez, de enamorarse complicados
en la contemplación rápida
del retrovisor en los semáforos.

Enrique Urbano.

Los trasnochadores

De la calle los televisores
delatan a los sonámbulos,
de los aviones
las olas están quietas,
y siempre hay un remedio
del que está siempre mirando.

El trasnochador,
calmado fumador
desde el balcón,
presume en bata
y zapatillas animadas,
de saber a qué hora
se encienden y apagan
las deprimidas farolas,
de la frecuencia
del camión de la basura,
de la coreografía
de los semáforos,
del tango
de los coches aparcando,
del cante hondo
de los borrachos.

Pero luego le preguntas
al muy carajote
por la Luna,
y no sabe,
que solamente
hay una.

– Enrique Urbano.

De cine

Cuenta el contar popular
que seguimos siendo tan parecidos,
que a voces hasta nos confunden
al adivinarnos desde lejos,
luego nos sorprende que de cerca,
todo sea nada que decirnos.

En un café
o como siempre
en un bar,
todos tenemos una santa
receta infalible contra el hipo,
no importa por qué;
todos hemos sido esa persona
paseando por jardines,
o que ha contado a detalles
esa legendaria borrachera
de la que heroicamente anticipa
no acordarse de nada.

Todos hemos oído hablar
de los pies planos,
del mito del abre fácil,
del cabronazo del hombre del saco,
del velcro en los codos
del verano en el hule.

Todos sabemos a qué saben
aquellos sábados o lunes,
que parecen domingo.

– Enrique Urbano.

El corazón de las hormigas

Si por un momento y a la vez,
el uno con el otro y los dos,
en algún mundo suburbano
nos viéramos coincidiendo
en este o en aquel espacio
de la más inmensa nada
del gran señor don nadie,
y bandoleando por la sierra
en total alegalidad
con la ley de las sillas,
tuviéramos al tiempo para discutir,
podríamos hablar de todo,
hasta del corazón de las hormigas.

Por eso yo nunca
terminaré escribiendo poesía,
odio la mermelada del vocabulario,
la sociedad que son las letras,
y no entiendo ni quiero entender
la rima a lágrima viva
del pobre alfabeto.

Y ni se acerquen las sílabas
a recordarme un punto
ni el hambre de una coma,
cómo voy a estar predicando poesía
si no sé qué carajo es un sintagma nominal.

Pero he aquí lo magnánimo
de nuestra suerte nunca normal,
los dos somos
tan poderosamente minúsculos
que tú puedes seguir siendo tú,
y yo no podría ser hierba de jardín.

Ni más afortunado ciudadano
en el mundo despistado
de tus dudas en las diéresis.

– Enrique Urbano.

La hora de las puertas

Te veo en la imponencia salvaje
que son los domingos sin plan
mientras pasas por delante
con ese ropaje cavernario de pijama laxo,
que en el descolgado sutil del tobillo,
aspira eléctrico cualquier mota, brizna
o ceniza estática y camaleónica
que disfrutase de la paz nerviosa
que infunden los gigantes
en el mundo de las baldosas.

Y es terrorismo poético ante tal estampa,
hablarles de los pomos de las puertas.

Pero no esos que parecen
planetas de plastilina,
sino aquellos otros
que son una ele mayúscula descansando,
y que con la edad, como los hombres,
van rindiéndose a la leve
falta de verticalidad que termina
es la distensión ligera y artrítica
de la sujeción que los mantiene con vida.

Esos pomos se atreven con lo de nadie,
en el intento de hacer de un santiamén
un brevísimo instante largo,
para que no pases tan rápido,
la puertas también quieren quitarte el jersey.

– Enrique Urbano.