Ojo

La razón armada
de este atraco
a enaguas alzadas,
mi interminable señora,
responde a que nada más importe:
si cada verso es un lamento,
las horas son escandalosas,
las algas una corbata,
y la muerte un aburrimiento.

Si al final uno no tiene
con quién confundir
las zapatillas
bajo el sofá,
se está perdiendo también
la cienciología del pulmón
de las palomitas
en el microondas,
la falta de equilibrio
en el edredón,
la movilidad robotizada
hasta su expresión mínima
en la inamovible
siesta ajena.

Pero sobre todo, señora,
apure la escapada,
está atrapada en un inmenso,
verde y vívido museo
con un hombre de cera.

– Enrique Urbano.

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Domingo VII

Tengo el tiránico deseo
de aliviar mis tiranteces
con el tiempo
a base de golpes.

Colocar una guillotina
en todas las mirillas,
y guardar en un bote con formol,
una colección enciclopédica
de pestañas y pupilas
redondas que mirar,
en las que perderme
retórico a confabular
por lo que hubiesen
podido pestañear.

Quizá me dedique
a pelar bonsais,
o a apuntar con una escopeta
de doble cañón,
a los malditos críos
que invadan mi valla
en busca de su pelota.

Quizá termine
supurándome el hígado perdón,
y los cuatro dientes
que me queden,
sean piedras en otoño rodeadas
de hojas amarillas y negras
de algún tabaco ya podrido
al ritmo,
de la irregular cadencia
del aliento en los años.

Hablo desde todo el síndrome
claustrofóbico que pueda
padecer el esperma,
no quisiera irme
sin que me toques,
con la sutil indiferencia
con la que tocas
a los interruptores.

– Enrique Urbano.

Domingo (VI)

La lucha contra el crimen boquiabierto
de los sustos y las sorpresas,
mora entre la decadencia subcutánea
del algodón plácido
y desbravado de regia cornamenta
por unas largas y dúctiles orejas
que agachar con los picores
de algún varazo.

Han muerto los cabezazos
contra la pared,
los errores que tienden
siempre a ser erráticos
en un laberinto grande
y naturalmente errante
como el tiempo sin edad.

Y al final los instantes
serán solo páginas
con el vértice doblado
en las que pone
algo importante,
recuerdos de ese sabor
salino y genital
que te da la risa.

Coge los tiestos, y arranca la nave.
Arriba todo esto, parece un museo
colosal de guisantes.

– Enrique Urbano.