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Conversación tímida con la muerte

Por supuesto que puedo estrangularme,
burbujear con la nariz hundida en el fregadero,
o utilizar una corbata del uniforme de mi padre,
para recolocarme la nuez hacia dentro.

Puedo sepultarme bajo el romi,
enjuagarme las encías con lejía,
inhalar en el ascensor el gas del mechero,
u ordeñarme las heridas y beberme sin hervir
hasta la última gota de mi propia vida.

Lo cierto es que puedo elegir
hasta cuanto y cuando morirme,
pero no tengo
donde caerme muerto.

 

– Enrique Urbano.

Lágrimas

Cierto día,
cierta vez,
averigüé
las lágrimas
de un buen amigo mío.

Las lágrimas de mi amigo,
eran como del pan
su miga
empapada en leche.

Rompían en las pestañas,
para caer de los ojos
de la misma mirada inocente,
que ya no podía ser la mía.

Las lágrimas de mi amigo
eran un poema.
Uno de tantos que nacen
sin hambre de poesía,
eran centímetros de palabras
sinceras, amarradas
en algún momento anterior,
a las que la humedad
del estómago y el corazón,
había condensado en agua.

Mi amigo,
lloraba como llora un sin Dios
encarnado en criatura,
lloraba como llora
un atracador de bancos,
lloraba como lloraba yo
antes de ser su amigo,
lloraba empujando con el pie
el alma hacia abajo,
lloraba como solamente
le vi llorar a él.

Los tipos como él,
son quienes menos lloran
de tristeza,
lloran del espanto
de llorar de pena.

Los tipos como él
los pillas en casa,
llorando,
te roban una sonrisa,
y te invitan a una cerveza.

Los tipos como él,
no deberían llorar
nada más allá de esas lágrimas,
que solamente puede
llorar un tipo como él.

– Enrique Urbano.