Naufragüs. Que ha padecido la ruina de la embarcación sobre lo navegable.

Volver, sin volver a nacer,

es un tiempo derrochado

en marcharse para no volver.

No podemos marcharnos

porque estamos aquí,

porque nuestras cosas,

están dónde las dejamos.

 

Y huir, cual presa

ya apresada por el pánico,

supone admitir

haber perdido la vida

justo antes de huir

¿Cómo vamos a marcharnos

del lugar al que hemos llegado?

 

Es como si el escapista

quisiera desvelar su escape,

o conceder el prestido al duplicado,

encerrando sus ojos en el foso

consintiendo que la hechicería

acabe reduciéndose en él,

fingiendo ser él.

 

Pues marcharse, es andar

lo andado, 

pero con el viento y la sombra

al revés, 

y los guijarros,

mirando hacia otro lado

¿Marcharnos?

 

¿Cómo vamos a marcharnos

si todavía no nos hemos encontrado

Enrique Urbano.

Prosa roja

El origen fue pensar que el amor

sería un recreo volátil,

como una gaviota 

que encela al mástil,

lo abraza, adora,

pero al aislarse en el océano,

sin miras lo abandona.

 

Así, a la par que ensanchaba el alma,

progresaba insaciable mi desamor

al amor.

 

Entonces solamente creía 

que de él heredaría

insensibilidad a lo invisible,

más un fervor fanático

hacia lo tangible,

hallaba más libertad en el encierro,

que en cualquier infantil compaña.

 

Así armé los trastos,

petate, carretera,

y manta.

 

Es ahí, camarada, 

el justo instante 

en el que dejaste

de buscar,

y cual choteo divino,

llegaste al encontrar.

 

Porque es del abandono

de dónde surge

la animal fiereza devota

de uno mismo, 

quizá producto de la soleada

soledad, respuesta a la repetición

inacabable de todo verbo

en primera persona.

 

El yo, el yo mismo,

y luego, el contigo,

pero sin mi, 

el yo que no es mío,

ni de nadie, 

acaba estallando en el nuestro,

de nosotros.

 

Di respuesta macabra

a la cuestión del amor

recogiendo fruta del frutal,

fue un nido enramado, vacío,

que parecía el barquito

amarrado al amarre

del puerto de los domingos.

 

Aquel que el campo mar

ha empezado a engullir.

 

Tales aposentos no eran propiedad de nadie,

ni gorrión, ni colibrí,

las aves lo sobrevolaban sin detenerse,

pues ávidas sabían que no era aquel

lugar para sus anclajes. 

 

El amor es el barquito azul y blanco,

el nido deshabitado,

solamente navega,

y es capaz de engendrar vida,

cuando sobre la espiga más elevada,

son vigías las manos que a él

dieran la suya.

 

Las mías,  y las tuyas,

las nuestras, compañera.

 
Enrique Urbano.