Cantares a una sirena

Ven aquí, que las luces 

aladas te persiguen;

ven aquí

que la helada no desiste 

y juega con el verano,

como niña loca al despiste.

 

Ven aquí 

que allí no te necesito,

o mejor, no te marches,

llévame contigo.

 

Pero si te vas… ¡Ay amor!,

si te vas, has de saber

que saldré a encontrarte,

bajo ese vendaval execrable

que sería caminar por la calle

sin el hogar de tu abrigo.

 

Sobre el eterno letargo 

que soportaría al morir 

más tarde que temprano

sin haberme despedido.

 

Buscaría como buscan

aquellas velas a la última gota 

de oxígeno, que brota

dejando a la atmósfera inerte.

 

Buscaría arriba o abajo,

dentro o fuera

de la muchedumbre ingente

de subterráneos, metros

y jardines diferentes.

 

Mas no creas que es un suplico desesperado, 

no lo busques, no pretendas entenderlo;

no quieran averiguar tus ojos negros

si los míos han seguido o vuelto a quererte.

 

Es este sin vivir tragipoético, querida amante,

al que a veces me lleva el vino,

el que me pide buscarte

incluso antes de haberte ido.

 

Y yo, puedo encontrarte,

llamarte, remover océanos

y volar tal gaviota plateada,

pero no te marches.

 

Enrique Urbano.

A Toen, por nacer.