Enfermo

No es que el mar sea lluvia,

ni que salte y se transforme

desde la punta de la Luna

hasta el cielo abierto

de cualquier sin nombre.

 

No es el tímido rumor

que solo las claras enjuagan

para volver a ennegrecer la noche.

 

No es perder el sueño,

o hallar el desvelo,

ni el eco esperpéntico

de estas sienes 

aupándose al cielo.

 

No es nada,

o soy yo,

hecho nada.

 

Ni la imaginación

volando hacia dentro,

o fantasía de este hombre,

cual catástrofe descontrolada

que guía y salpica el alma.

 

No es volver a terminar lo inacabado,

sino las mías manos

anudando lo deshecho.

 

No es nada más y tanto,

y menos mucho que más,

que la pasión febril del poeta

en hacer el verbo,

la poetitis verborrea.

Enrique Urbano.

 

Año Uno

Quizá sobrio no alcanzaría

la altura delirante que ebrio observo,

y soberbio andaría si ebrio no pensase 

en la hora de volverme a emborrachar.

 

Sabe más el viejo repicando

que ciento volando, pero por diablo,

sabe más el joven que todavía no es hombre

y sigue soñando.

 

Porque crecer es morir, amigo,

y yo muero por no morir.

 

Pues el viejo, en palabras,

es principiante conocedor

y entendedor experto;

mientras la idílica mente joven

abona los tiestos 

en los que sembrar sus por qué.

 

La tragedia no es no entender,

sino creer entenderlo.

 

Y mientras el viejo cae y se sonroja,

la criatura sonríe,

galopa,

hasta volver a tropezar.

 

No es el miedo a morir, 

será el no miedo al miedo,

o el no miedo a crecer,

lo que hace al joven libre

y al viejo un preso.

Enrique Urbano.

Testamento

Un poema de idioma salvaje,

que a la tierra canta

con la carne abierta.

*

Sus versos que son como piedras,

que caen sobre el pecho

de mujeres en guerra.

*

Un poema de versos

descalzos en la orilla,

una orilla en puerto de nadie,

de todos o cualquiera,

un grito que recita el mar.

*

¡Ay! si yo fuera el mar…

*

La hermana lluvia en los ojos,

el tronido mal de mis enojos

que desgarra velas

y aguarda marineros

a los que emborrachar.

*

El balbuceo de las caracolas

golpeándome el vientre,

la escarcha de las rocas

convidándome con sal,

pan, vino y sábanas calientes.

*

Las olas que de mis manos

vienen y van,

el profundo latido de este corazón

sumergido,

mi planeta hecho universo

submarino.

*

Arrojadme allí, amigos.

Enrique Urbano.