Alto

Si fuese, madre, libertad

aquello que a regañadientes

os escribo,

antes que ayer,

y siempre,

hubiese como vos

bien habéis sabido,

perdonarme por los versos

que ya he escrito.

 

Y si en esta tempestad de emoción,

en la que habéis contribuido,

en este mío deje perverso

de fundir el alma con las manos,

hallé refugio a mis delirios humanos,

debiose, madre,

al regazo de aquella media luz

que acunaba lo que hoy

me queda de juventud.

 

Soportando este lastre

he creído crecer,

y  aprendido a no querer crecer.

 

Ahora respeto el miedo,

conozco la ley,

pese a quebrantarla

cada vez que no me veis.

 

Y es que observo ahora a los retoños,

con los que tal vez mañana sean sus ojos…

son más libres de lo que jamás

volveremos a serlo nosotros.

 

El correteo incesante,

la lluvia enredada en los pies,

el temblor entre piernas,

su cocina moderna,

las batallas cabalgando

el ancho mar,

el hoy,

sin el menester

del ayer.

 

¡Ay! madre, que muero

porque voy muriendo.

Enrique Urbano.

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