Anoche

Es en ese mismo instante,

bautizado tal santiamén,

que la Luna a la claqueta

de un sonoro revés,

hace estallar mi corazón,

que jura nunca más volver.

No ostento la dignidad,

ni siquiera la libertad

del valor para alcanzar

ese frágil atractivo

entre el sensible lector

y el último arte divino.

Y es que ya no puedo olvidar

lo que ocurre al soñar

entre los versos de un poema,

el arrítmico compás

que en las manos dan

los ojos del poeta.

Es cobardía, mi poesía,

miedo a sentarme

y no ser poeta para decirte

lo que él te diría.

Es la añoranza del chiquillo,

el olor de mi madre,

las cartas arrojadas al mar

para que no me olvides.

Encendí un cigarrillo,

salí del bar y eché a llorar.

Enrique Urbano
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