Telón

Allí estaba yo,

rodeado de moqueta,

de palcos y butacas

ordenadas en filera.

Y estaba como cualquiera,

pero sin estar como estaba

el bigotes de mi derecha,

que olía a pan de lentejas.

Encañonaba el escenario

un foco sujeto a un cordel,

soportado por un becario,

el más veterano del burdel.

Desde platea al gallinero,

suenan bronquios obstruidos,

el ruido del tabaco negro,

salta de dama en caballero.

Un telón vestido de rojo,

centenares de vidriosos

ojos vestidos a la par,

el pueblo ansía soñar.

Oscuridad,

el silencio,

desacompasados,

¡qué más da!

Una guitarra celestial

quejando por su mal,

un piano inmortal

dejándose llevar.

De la Luna al Sol,

un verso en boca del actor,

nace otra historia de amor

larga vida Moulin Rouge.

Enrique Urbano

Autorretrato

Crean que soy, 

soy mucho y algo más,

de lo que podría haber sido

de no haber nacido.

 

Un bufón de mi casa,

en un barrio desconocido,

de paso lento, pausado,

y con un perro amarillo.

 

Gente de pocas maneras,

un joven entre cualquiera,

un pirata de barba negra

navegando sobre la cama.

 

Lector sin estribillo,

ferviente tanguero,

un pobre sin abuela,

otro amante del buen vino.

 

Un delincuente adicto,

al café, a la lluvia, 

al silencio, a su cuerpo,

un lunático de la Luna.

 

Un estudiante de poesía

de risa obstruida,

un tímido valiente

huidizo de la gente.

 

Ojeroso perdido,

de labios gruesos,

corazón encendido,

de miedo al miedo.

 

Hijo de un ángel,

hermano de una madre,

madre entre las madres,

hembra sobre todas ellas.

 

Poeta y comparsista, que soñará

hasta que el corazón le resista.

 

Enrique Urbano

 

 

Te regalo una caja musical

sin música.

Llévala allá dónde quiera

que vaya tu alma.

Coge una maleta,

enciende un pitillo,

y en lo que echas humo,

llega hasta las Bahamas.

Te regalo una caja musical

sin música.

Escúchala allá dónde quieras

oír como el mar nada.

Enchufa la radio a una palmera,

saca la cerveza de la cesta,

enciende otro cigarrillo,

y vuela.

Te regalo una caja musical

sin música.

Te regalo el aire

encerrado en su sitio.

Los bufones escribanos

dan cuerpo a la rima,

los señores de la poesía,

se la inventan.

Este poema encerrado,

se murmura tal si fuera

la oración del devoto

más libertina.

Pule el último sorbo,

esconde la hierba en la arena,

evita la carretera,

¡ah! y compra tabaco.

Enrique Urbano.

Libertad

Salgo de la casapuerta,

puerta que da al alba,

alba que da a la calle.

Calle hasta la plaza,

plaza hogar de reina,

reina de las libertades.

*

Permítanme que invente,

que imagine, piense y cree,

algún lugar sobre el mar,

dónde perdernos tú y yo

a charlar de la libertad.

¿Habrá fruta sin árbol,

o hermana sin hermano,

de unión más libertina

que la del poeta

y su hija, Poesía?

Aquí soy libre.

Aquí el cuerdo calla

y el lunático escribe.

Esta mañana salí al balcón,

eché los tiestos florecidos

sobre la cabeza del cartero.

Suena y resuena el timbre,

las paredes son de mimbre,

llama al primero, cabrón.

En el espejo, hoy no me afeito,

que huya la vieja del tercero

al verme salir del ascensor.

En cama queda el Sol

sobre sus piernas,

que me consumen.

Del canal, un olor sube,

entra por la ventana,

son las nubes y el pan.

Me quito y pongo la chaqueta,

bajo cantando por la escalera,

hasta la muchedumbre.

A sotavento vengo,

a barlovento soy,

hoy, como mañana,

voy adónde quiero

sin saber adónde voy.

Enrique Urbano.

A quién quiera que seáis vos.

Anoche

Es en ese mismo instante,

bautizado tal santiamén,

que la Luna a la claqueta

de un sonoro revés,

hace estallar mi corazón,

que jura nunca más volver.

No ostento la dignidad,

ni siquiera la libertad

del valor para alcanzar

ese frágil atractivo

entre el sensible lector

y el último arte divino.

Y es que ya no puedo olvidar

lo que ocurre al soñar

entre los versos de un poema,

el arrítmico compás

que en las manos dan

los ojos del poeta.

Es cobardía, mi poesía,

miedo a sentarme

y no ser poeta para decirte

lo que él te diría.

Es la añoranza del chiquillo,

el olor de mi madre,

las cartas arrojadas al mar

para que no me olvides.

Encendí un cigarrillo,

salí del bar y eché a llorar.

Enrique Urbano