Nuestra poesía

Anoche no podía dormir.

Me levanté a fumar,

salí al balcón,

y desde el parque,

alguien gritó; soñador.

Me arropé al acostarme,

aquella noche volvió el arte,

para enamorarme.

Ya no soy hombre sin miedo,

ya no soy ni la mitad de infeliz

que era antes.

Ya no soy, sin tus pechos,

que me desvelan lo exótico

y caliente que es tu sexo.

Ya no soy valiente porque temo morir,

temo a la muerte y no verte,

soy diminuto en tu ombligo desnudo.

En la espalda dos rizos negros conducen,

como tenues versos perversos,

hacia este placer que al hombre sucumbe.

No soy hombre de oraciones, ni de palabras.

Nos besamos como se besan dos aguas,

nos fundimos como se funden dos océanos.

Ahora son labios,

curvas, sudor y vino,

a cuatro vientos.

Dos gemidos estrechos,

mi piel con la tuya,

blanca y oscura.

Una estrella en el techo,

vapor en el suelo,

dos corazones,

y el silencio.

Refresca la persiana el Sol en la habitación,

buenas noches, mi amor.

Imagen

Enrique Urbano

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