Mortal

Me he subido a una estrella,

cediendo el paso a una nube

que salía de la derecha,

le silbé a sus caderas,

y ella se hizo la estrecha.

*

Hay dos gitanas que rezan,

otro valiente que sube,

una luz diferente al día,

un ambiente de baile

que nadie lo diría.

*

Sin brisa, me aprieta el aire,

me desabrocho el nudo

y me siento a compartir puro

al lado de dos poetas.

*

Al otro lado de la calle,

han puesto los hombres

entre telas su sitio,

son los lícitos ladrones

de la Avenida Paraíso.

*

Sin prisa, me ahoga el ruido,

resopla arte don Hernández,

que pasea por la otra acera

mientras se atusa el abrigo.

*

Aún así, he acudido puntual

a la hora de almorzar,

el bacalao con fideos

es bendición más serena,

exclusivamente terrenal.

*

Prefiero leer al cabrero inmortal

apoyado en el regazo de la playa,

o el humano miedo al miedo,

las cosquillas de la arena

en los pies.

*

Prefiero creer volar,

prefiero ser mortal para ti,

que eterno e inmortal

siempre aquí.

*

Mañana mismo moriría

solamente para volver a morir.

Enrique Urbano.

Vuelos del Siglo XX

Recuerdo que era Mayo sobre el tejado,

perdí otra porción de alma

al dejar de creer en los aviones.

*

Yo los observaba desde abajo,

ebrio de tiempo desocupado,

marihuana y canciones.

*

Una vez incluso,

les arrojé un poema,

y como sus hermanos,

se estrelló en mi cabeza.

*

Son tantos sueños desplazados,

tantos pies y tantas manos

llevadas a otro lugar,

por encima de las montañas.

*

Me imagino la rutina y uso

del de la gorra, la gorrita

y la camarera,

atravesar un sueño

sin poderlo tocar.

*

No soporto ni soportaría

sumergirme en una fantasía

y no alcanzar a respirar.

*

Se detuvo una golondrina

en la punta de la chimenea,

miraba sus nubes rotas,

añorando sus atardeceres

vetados a los terrestres.

*

Y yo, recostado

entre su continente y el mío,

comprendí que aquél es su sitio

y bajo el tejado el nuestro,

solamente nosotros lo olvidamos.

*

No me gusta que los hombres,

mujeres y niños,

sobrevuelen el aire

creyéndose infinitos.

*

No me gusta que desafíen

el entorno agradable

dónde solamente

los pájaros conviven.

*

Pero a esos hombres, mujeres y niños,

qué les importará lo que les diga yo,

si ellos han llegado hoy

más allá del paraíso

y más cerca del Sol.

*

Que la tierra, por oscura y pantanosa que sea,

es lo más cerca que el hombre y su imperio

debería estar del cielo.

Enrique Urbano.

Nuestra poesía

Anoche no podía dormir.

Me levanté a fumar,

salí al balcón,

y desde el parque,

alguien gritó; soñador.

Me arropé al acostarme,

aquella noche volvió el arte,

para enamorarme.

Ya no soy hombre sin miedo,

ya no soy ni la mitad de infeliz

que era antes.

Ya no soy, sin tus pechos,

que me desvelan lo exótico

y caliente que es tu sexo.

Ya no soy valiente porque temo morir,

temo a la muerte y no verte,

soy diminuto en tu ombligo desnudo.

En la espalda dos rizos negros conducen,

como tenues versos perversos,

hacia este placer que al hombre sucumbe.

No soy hombre de oraciones, ni de palabras.

Nos besamos como se besan dos aguas,

nos fundimos como se funden dos océanos.

Ahora son labios,

curvas, sudor y vino,

a cuatro vientos.

Dos gemidos estrechos,

mi piel con la tuya,

blanca y oscura.

Una estrella en el techo,

vapor en el suelo,

dos corazones,

y el silencio.

Refresca la persiana el Sol en la habitación,

buenas noches, mi amor.

Imagen

Enrique Urbano

Aceitunas merienda de Luna

La aceituna es pobre,

plateada y uniforme,

rocío de tus días

y de mis noches.

*

Vino y queso,

la piel salina,

al verde y negro

a media tarde.

*

Y la aceituna,

que se hace humo en tu boca,

vuela y juega como loca

entre tus besos a oscuras.

*

He aquí la noche y el vino,

lo rojo y lo negro,

que mientras la miro,

ella come aceitunas.

*

Entre tus labios pelaba,

como descansa el aire,

tendido sobre la cama.

*

La dulzura de su origen

en la punta de tu lengua

sobrevive.

*

Y sobre sus pies descalzos,

como tú se hace hembra

al revés que los hombres.

*

Con tu risa de aceituna

y tu lunar en el pecho,

ya no hay hambre,

solamente lucha.

Enrique Urbano