Fortuna

Desperté en el pecho de la hembra,

que instantes después la nombró

madre la primavera.

Algún que otro Dios debió

concederme, entre mil pecados,

residir en la tierra prometida.

El amor de la última mujer,

la amistad perdida,

los recuerdos olvidados.

El olor a tostadas y café,

el viento apretando mi cara,

sus ojos negros en mi ombligo.

La bendición de dos hermanos,

una por su vientre,

y el otro por caminar a cuatro

patas entre la gente.

La lujosa y absurda condena

de sentirme encadenado

al pie de la poesía.

Si Fortuna para mí lo quiso,

¿cómo creen

que debiera tratarla yo?

Enrique Urbano. 

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