Lo bueno y su final

En los lugares más inhóspitos

hallé la virtud de lo simple,

la sencillez hecha parafernalia,

lo simplón que a vendavales va,

y se contagia.

*

Es en el fin del confín insólito

donde he hallado extravagancia,

la madurez de las rocas,

el pálpito de las horas

que nos hace libres.

*

Lo exótico de lo prohibido,

en la flor, es la vivencia

de un nuevo siglo.

*

Rasguñar las sobras de las copas,

invita a mofarnos de su paciencia,

iniciarse en aquello del perdón.

*

Si mi deseo concedieran,

mantendríamos el tiempo

con la golfa y carcelera

juventud.

*

Hacer noble el arte de ignorar,

y confesarnos al compás

las manecillas de los secretos,

a la lumbre de una luz.

*

La juventud ha sido el último

tic-tac

que nos dejaron respirar,

la única costumbre con final,

tic-tac.

Enrique Urbano.

Al  cubo de agua arrojado

sobre una concentración

de poetas etílicos. 

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El Vino

La culpa por la que brindo

es mi flaqueza más íntima,

mi debilidad hecha fruto,

la libertad que más he bebido.

 

Caldo de la parte legítima

que el arte concediera

al que un día lo tuvo,

y al siguiente lo perdiera.

 

Eres suerte para el ebrio

que vive más allá del Sol,

y eres pena hecha desazón

para el pan, el embustero.

 

Eres vientre de la sangre roja,

derramada sobre la última hora,

justo antes de ser divinos,

que tienen todos los hombres.

 

Y eres padre y delirio,

miedo en la cama,

eres la madrugada

de las obligaciones.

 

Tanto que sin ti jamás olvidaría,

la poesía que contigo escribía.

Enrique Urbano.

Un hombre y un mendigo

Hay un mendigo greñudo,

que duerme frente

al banco de cada día.

Aquello que antaño tuvo,

no contiene más amor

que la pasión desbordada hoy.

Y ante su puerta,

la gente cree verlo delirando,

sin entender que está gobernando

la ausencia de fantasía

de los que van caminando.

Imagina un batallón,

sin capitán ni postulantes,

que van con él cantando,

y el cielo se les hace tarde.

Me pregunto si aquel hombre,

que la coincidencia ha hecho pobre,

será el mismo hombre, con distinto nombre,

que se hace llamar hombre, sin ser hombre.

Solo sé que el mendigo de a pie

pasea mil cochinas monedas,

mientras que el greñudo,

dos, cual si fueran estrellas.

Es por ellos que pregunto,

dime, por lo menos,

quién es mendigo,

y quién usurero.

Enrique Urbano.

Fortuna

Desperté en el pecho de la hembra,

que instantes después la nombró

madre la primavera.

Algún que otro Dios debió

concederme, entre mil pecados,

residir en la tierra prometida.

El amor de la última mujer,

la amistad perdida,

los recuerdos olvidados.

El olor a tostadas y café,

el viento apretando mi cara,

sus ojos negros en mi ombligo.

La bendición de dos hermanos,

una por su vientre,

y el otro por caminar a cuatro

patas entre la gente.

La lujosa y absurda condena

de sentirme encadenado

al pie de la poesía.

Si Fortuna para mí lo quiso,

¿cómo creen

que debiera tratarla yo?

Enrique Urbano. 

Sonambulismo (IV)

Antes de abrir

la ventana,

 mucho antes,

incluso,

que el gato

subiera a la lámpara.

Me he escapado

de la cama,

sin que la Luna

y las cortinas

me desvelaran.

He huido a prestar

riguroso culto

al vientre

de lo oculto.

Un viento del sur,

sonriendo,

me ha dibujado

en el cielo,

cuatro o cinco

carnavales.

La embriaguez,

solemne y traicionera,

del que duerme,

y siente el alma

despierta.

Es la libertad,

la afinada canción

del aire que destila

la futura realidad.

Un caminar,

sin más,

ni Dios sabe a qué lugar,

a cualquier rincón.

Es una sensación,

una forma de mirar,

un sentir

imposible de sobrevivir.

No es dolorosa la pena

soportando esta condena,

si la mitad de vida

que no consigo recordar,

sirve para que despierto

me la pueda imaginar. 

Enrique Urbano.