La importancia de pasar desapercibido

Tengo la preocupante costumbre,

intrigante y además,

algo estúpida, con los sombreros,

colgándolos allí donde entienden

que no hay que hacerlo,

y no lo sabe la gente

pero ni yo mismo lo entiendo.

Total, subí a la lámpara

para dejar el sombrero.

Frente a mí, un salón lleno,

amigos que van a conocerse

por la violenta y humana manera

del miedo a verse desconocidos.

El del piano bajo la escalera

será el hijo del sobrino

aquel hombre sudoroso 

que ha traído la orquesta.

Dos hermanas engalanadas,

vestidas de época

aún con olor a humedad

apresuradas del brazo van

en busca de selectas babas

que les limpien el portal.

Junto a la ventana,

cuadriculada,

rebelde a que lo sostengan,

una mujer y un niño,

que a donde va,

 forma la jodienda.

Se acerca un hombre rudo,

algo descortés y falto de decoro

que al hoy trajeado mozo

niega y descarta el saludo.

El maître parece impaciente,

sus manos y su frente

delataban la ira,

maquillada con colonia cara

y una inoportuna corbata. 

Menos mal del agua que sabía amarga,

y que, de vez en cuando,

echaba un trago de petaca,

más el canuto,

que nunca salgo sin él de casa.

De lo malo, lo peor,

al marchar, no hay forma,

como siempre, he olvidado

dónde dejé mi sombrero. 

Enrique Urbano

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