Capitán

Se busca marinero,

preferible de vello rojo,

de alma y pecho salobre.

Compensación con ron

por seguir al Sol

 hasta que se pone.

Se requieren sus ojos,

para que, y sin vigías,

divise qué tierra es tierra,

y cual de ellas la prometida.

Absténganse honrado,

el navío navega sin puerto,

abatido por la deriva.

Un hombre aferrado a las tablas,

borrachín y sumiso a su pipa.

De tez brillante y oscura,

con las botas encharcadas.

Siempre fiel a su hombro,

que se vista con un gato.

Partimos mañana,

en busca del demonio.

Enrique Urbano.

La importancia de pasar desapercibido

Tengo la preocupante costumbre,

intrigante y además,

algo estúpida, con los sombreros,

colgándolos allí donde entienden

que no hay que hacerlo,

y no lo sabe la gente

pero ni yo mismo lo entiendo.

Total, subí a la lámpara

para dejar el sombrero.

Frente a mí, un salón lleno,

amigos que van a conocerse

por la violenta y humana manera

del miedo a verse desconocidos.

El del piano bajo la escalera

será el hijo del sobrino

aquel hombre sudoroso 

que ha traído la orquesta.

Dos hermanas engalanadas,

vestidas de época

aún con olor a humedad

apresuradas del brazo van

en busca de selectas babas

que les limpien el portal.

Junto a la ventana,

cuadriculada,

rebelde a que lo sostengan,

una mujer y un niño,

que a donde va,

 forma la jodienda.

Se acerca un hombre rudo,

algo descortés y falto de decoro

que al hoy trajeado mozo

niega y descarta el saludo.

El maître parece impaciente,

sus manos y su frente

delataban la ira,

maquillada con colonia cara

y una inoportuna corbata. 

Menos mal del agua que sabía amarga,

y que, de vez en cuando,

echaba un trago de petaca,

más el canuto,

que nunca salgo sin él de casa.

De lo malo, lo peor,

al marchar, no hay forma,

como siempre, he olvidado

dónde dejé mi sombrero. 

Enrique Urbano

Ahora

Me pregunto por qué mientras

 finjo ser el más cuerdo,

creo que camino por el desierto,

y que no hay más espanto

 dentro de mi cuerpo,

que el dolor del verso

que estoy cantando.

El viento empujaba sin querer

ya no sabíamos cómo mirarnos

su suerte y la mía,

en cualquier callejón,

mi alma y su arte.

Tras la espalda, las manos,

bordando secretos compases,

ellas que siempre ansían

poesía que cantarte. 

Sonríe;

 van a fotografiarnos. 

Enrique Urbano

Soñadores

Érase una historia entre la gente

un lazarillo sin ojos

tal, era un poema sin rima

al que las bocas llamaban poesía.

Ahora va, y me susurra una voz;

aquel que hoy venga, y te entienda,

no habrá entendido nada

de aquello que entendemos los dos.

Era el aire envolviendo

un sinsentido

azul y amarillo

como si el sabor del vino

fuera el de todos nosotros,

como si todavía tuviésemos

los pies teñidos y descalzos.

Y era sangre derramada

sobre los manteles

blancos del atardecer,

donde habita el Sol

dándole calor al mar,

el mar sobre la orilla

que desnuda, corretea tu espalda.

Su melena ondulada

presagiaba la noticia

la portaban los ángeles,

los dioses no la olvidan.

La poesía sin rima

es divina y miserable

bella, y además culpable

de mil y un canallas,

y de la mitad de sus canalladas.

Aunque ninguno como yo,

hasta que nos enamoramos

un invierno bajo la muralla.

Pese al feo vicio de crecer

siempre nos quedará,

por lo menos,

que nadie nos diga

aquello que debemos, o no creer.

Solamente viviremos un sueño

si lo soñamos despiertos.

Enrique Urbano

Síndrome

He vuelto solamente por el vino

por el profundo mareo

al que invita su oceano

rojo y cristalino.

He vuelo por la soledad

por la paz y el veneno

pese a jurarle a tus amigos

que no contaran conmigo.

Ahora corre hasta la puerta

súbete a las farolas

y grítale que seguimos vivos.

Que llegué,

tarde, pero llegué

pues las olas y la marea

mientras estaba dormido

se mofaban de mi barco.

Que desperté,

pronto, pero desperté

dos gaviotas y un sombrero.

Tenía las manos arrugadas

y los pies encharcados. 

Enrique Urbano