Algo de allí y de aquí

Vivo y suerte respiro

para que la gente me vea

bajo y bailo contigo

a escuchar la marea.

No sé ni a qué escribo

a quién, sería preguntar demasiado

vinimos a morir y vamos caminando.

Quién sabe si tú

amigo bienaventurado

que con tus ojos

temblorosamente rojos

llegues aquí a sentir.

Escribo con tinta negra

así creo ir entendiendo

que la poesía es sin más

pues todo lo demás

ostenta más claridad.

La mesa en la que me apoyo

soporta, quizás, cientos de cartas

no versan ninguna de amor

al amor no se le escribe

por su condición inmortal.

Son ya diez los minutos

y mi tinta sigue de luto.

Ilumina la sala una pequeña lámpara 

de pie redondo que tiñe mi rostro

como el Sol las calles en otoño.

Tendré y tengo mi humilde privilegio

siempre al primero que estos versos llegaron

me escucharon como sólo me escucha Byron.

Tras de mí aguarda

inmensa y ruidosa

la calle que se inunda;

decenas de ladridos

y llantos de chiquillos.

Quisiera recordarle

pues hoy al despertarme

prometí rezarle

descanse en paz; don Hernández.

Dada mi ilustre y apretada agenda

-no crean que ansío irme-

pero debo despedirme

me reclama la tetera.

Enrique Urbano

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