Mi miedo al no miedo

El maltrecho vaivén del destino

me ha llevado con el tiempo

a creer que no hay miedo 

ni lugar donde esconderse.

Trepé por aquella montaña

y la sentía, en mis pies

la más embarrada, y en mis manos

tál polvo que cubre literatura de antaño. 

Quizás no seamos tan osados y voraces

pues desde la cima

no alcanzo a comprender

-y parecen estar conmigo las aves-

¿Por qué hay temor solamente

en aquello que no podemos ver?

Estoy recostado en la tierra

sobre una cumbre inmensa

que planea entre dos colinas hambrientas.

Entretanto, un eral pastaba pacífico

un carnero olfatea el rastro de su todopoderosa madre

que lo reclama, como la vida reclama a la muerte. 

Las hormigas, nobles pero alegres

dos robles, guerreando por ser el más fuerte.

El viento inscribiéndose en las piedras

el mar todavía es aquí

su voz y su telégrafo.

Mas no ceso de cuestionarme

por qué la roca es roca

por qué inmóvil vive el árbol siendo árbol

y por qué su pelo es azabache. 

Miedo dan árbol y piedra

miedo dan en la montaña

pues suya es la tierra.

Y no hay más temor que el que se siente al comprender

que aquello que nos hace temer

no es sino solamente

la sombra de lo que logramos ver. 

Enrique Urbano.

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2 pensamientos en “Mi miedo al no miedo

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