En bicicleta

Existe un lugar

cuyo nombre no deseo desvelar

dónde los hombres van

como el viento lleva a la claridad

engalanados con sombreros de copa

y recuerdos brillantes en las botas.

El cielo es verde como el campo

el campo es azul como el cielo

dónde la tierra siembra rocas

y las fores caen del árbol.

Existe un lugar

dónde las mujeres van

arropadas al vestir del cancán

y sus amarillos labios

parecen confundirse con el pelo

que luce el Sol en Navidad.

Las aguas son naranjas

entremezclándose con la playa

separando arena y conchas

repartiéndoles sal por igual.

No conocen espejos

creen mirarse y reflejarse

en antiguas fotografías.

Nubes y Luna

charlan amables

mientras pasean por las calles

y las corretea la lluvia.

Hablan y lloran en forma de canción

cantar los hace libres

y es la libertad quién decide

como en nosotros la razón.

Enrique Urbano.

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Algo de allí y de aquí

Vivo y suerte respiro

para que la gente me vea

bajo y bailo contigo

a escuchar la marea.

No sé ni a qué escribo

a quién, sería preguntar demasiado

vinimos a morir y vamos caminando.

Quién sabe si tú

amigo bienaventurado

que con tus ojos

temblorosamente rojos

llegues aquí a sentir.

Escribo con tinta negra

así creo ir entendiendo

que la poesía es sin más

pues todo lo demás

ostenta más claridad.

La mesa en la que me apoyo

soporta, quizás, cientos de cartas

no versan ninguna de amor

al amor no se le escribe

por su condición inmortal.

Son ya diez los minutos

y mi tinta sigue de luto.

Ilumina la sala una pequeña lámpara 

de pie redondo que tiñe mi rostro

como el Sol las calles en otoño.

Tendré y tengo mi humilde privilegio

siempre al primero que estos versos llegaron

me escucharon como sólo me escucha Byron.

Tras de mí aguarda

inmensa y ruidosa

la calle que se inunda;

decenas de ladridos

y llantos de chiquillos.

Quisiera recordarle

pues hoy al despertarme

prometí rezarle

descanse en paz; don Hernández.

Dada mi ilustre y apretada agenda

-no crean que ansío irme-

pero debo despedirme

me reclama la tetera.

Enrique Urbano

El amor de los poetas

Mi miedo al no miedo

El maltrecho vaivén del destino

me ha llevado con el tiempo

a creer que no hay miedo 

ni lugar donde esconderse.

Trepé por aquella montaña

y la sentía, en mis pies

la más embarrada, y en mis manos

tál polvo que cubre literatura de antaño. 

Quizás no seamos tan osados y voraces

pues desde la cima

no alcanzo a comprender

-y parecen estar conmigo las aves-

¿Por qué hay temor solamente

en aquello que no podemos ver?

Estoy recostado en la tierra

sobre una cumbre inmensa

que planea entre dos colinas hambrientas.

Entretanto, un eral pastaba pacífico

un carnero olfatea el rastro de su todopoderosa madre

que lo reclama, como la vida reclama a la muerte. 

Las hormigas, nobles pero alegres

dos robles, guerreando por ser el más fuerte.

El viento inscribiéndose en las piedras

el mar todavía es aquí

su voz y su telégrafo.

Mas no ceso de cuestionarme

por qué la roca es roca

por qué inmóvil vive el árbol siendo árbol

y por qué su pelo es azabache. 

Miedo dan árbol y piedra

miedo dan en la montaña

pues suya es la tierra.

Y no hay más temor que el que se siente al comprender

que aquello que nos hace temer

no es sino solamente

la sombra de lo que logramos ver. 

Enrique Urbano.

La quiero

Sería quince de Abril

y  señores, recordaba

mientras la vi

caía agua, cual fuentes mil.

Anduve esquivando charcos

ella iba dibujándolos

en sus labios una palabra

en sus besos un libro abierto.

¡Y qué bella literatura!

todo allí es pura hermosura

cada página una escultura

cada lunar,

a la Luna un soneto.

A pesar de los temores

sé bien que el amor

nos convierte en hombres

que lo aguardan

como la noche al Sol.

Tanto nos eleva

que creemos flotar

mecidos por la primavera.

Son ellos los sabios

los de hoy y antaño

y buenos son ellos;

¿Habrá algo más bello que el amor?

Crean que sí

que la vi bailar bajo la lluvia.

Miré al cielo

 diecinueve pájaros

sobrevolaban mi cabeza

entonces callé y pensé.

Quizás no sean ellos

los que desde su altura

contemplen a este de mi.

Quizás sea yo

mil veces dichoso

y ellos rabien envidiosos.

Pues si alas ostenta el poeta

 será que fue su musa

la firma de aquella letra.

Enrique Urbano

Sueño que despierto

Soñé estar despierto

tanto que bien sentía

el viento entre mi pelo

y las hojas granates

coloreando el suelo.

Era tan real que mis dedos

húmedos por ser mortales

erizaban sus yemas

cual flor en primavera.

A los dos pude ver

el Sol en lo alto

y la Luna a mi lado

soñar para creer. 

Retorcí tanto mis párpados

como los romanos abrazos

del emperador a sus soldados.

Soñé estar soñando

y despierto soñaba

que algún día soñaría

desnudo en su espalda.

Desperté con la última mujer

le escribí un poema

y la abracé. 

Enrique Urbano

Un poema más, un aliento menos

En cubierta, cuando los de abordo descansan, escribo sobre este húmedo papel las últimas cartas que ansío confesarte. Las arrojo al mar, me asegura que te las entregará. 

Echo en falta el vino, la madera y el madero, a mi vela y la marea. Echo en falta el viento, susurrándome al oído que soy su marinero. Embarqué en primavera, y no hay despertar que no haya soñado con ella.